martes, 20 de julio de 2010

La llama de una vela


Y ante la inutilidad de mis ruegos, el tiempo se quedó estático, no tuvo oídos ni compasiones que sacudieran su espíritu.

Ignoró las huellas que latentes en la profundidad de mi alma, lograban sacarme penares que convertidos en lágrimas, rodaban por mis mejillas empapando mi almohada.

Ciego ante el silencio de la noche que quizás estrellada, para mí no existía.

Inclemente sin saber que había vivido en un oasis y que luego el desierto me cobijó toda. Implacable cuando cualquier acorde de una guitarra recordaba tiempos felices.

No, no… tuviste clemencia conmigo y tú sí conocías los pasos que transitaba mi amante. Aquél que encendía mi cuerpo en llamas y que tras su sonrisa yo me doblegaba. No te importó contemplar cada que besaba sus pestañas y enredaba mis manos en su cuerpo.

Cerraste tus ojos ante mi soledad y muchas noches viste que mi cuerpo se quemaba como una mariposa traspasando una vela. Cada día renacían mis sueños y buscaba a mi amado con locura, con desespero, pero a ti eso no te importaba.

Seguiste indiferente sin detenerte ante la inutilidad de mis ruegos, prefiriendo que mi locura se quemara en la llama de una vela.


Las sombras de la tarde


Sentada sobre aquella banca donde antes nos sentábamos me quedé esperando tu llegada. Quise hablarte de tantas cosas que tenía en mi interior y que jamás había pronunciado.

Sin embargo ahora que lo recuerdo nunca te pasé invitación para ese momento, sabía que ese diálogo no terminaría bien. Entonces me limité simplemente a recordarte vagamente y a observar cómo el sol jugaba con las ramas de los árboles. Viejas sombras se moldeaban cayendo sobre el césped verde situándose por encima de la madera de la banca y sobre mis piernas intentando hacer rompecabezas imposibles de completar. El viento jugueteaba con las hojas sepias que habían terminado su proceso de vida; algunas más jóvenes y quizás por la debilidad de sus tallos, no podían evitar que el fuerte viento las derrumbara, en montoncitos pasaron cerca de mis pies sin querer detenerse, obligando a mis ojos a perseguirlas en su camino hasta perderse en la lejanía.

Y así, transcurrían los minutos sin que me escapara del toque del viento en mi cara volviendo nuevamente a mí. En un primer instante no recordé por qué estaba ahí, quizás el olvido quiso protegerme para evitar que la tristeza hiciera que algunas lágrimas que anunciaban su salida se contuvieran para que algunos transeúntes las vieran. Ante la benevolencia del olvido, me levanté y continué mi camino, dejando atrás la banca para que una pareja de enamorados que se acercaba se sentaran y se contaran lo que nunca pude contarte yo.

Enero, 2010