Recorremos el camino a tientas y sin manual en la mano. Así llegamos a vivir: minuto a minuto con la esperanza de atinar siempre en lo correcto. Pero el juego de la vida nos introduce en tómbolas sin cesar y caminando a tientas nos aferramos a ilusiones, falacias de cristal que en un momento estallan convirtiéndose en aullidos que laceran el alma y que el silencio cobija sin importarle nada. El tiempo indiferente observa los movimientos en falso que a causa de nuestra inocente intención, no nos deja ver clara la perspectiva aún no construida: castillos que se desvanecen rodando por el suelo a sabiendas que considerábamos válidas nuestras expectativas.
Y en paralelo, momentos donde alzamos la mano con la certidumbre de que apostamos y ganamos, echándonos en la valija nuestros aciertos, aquellos que para bien o para mal, más adelante nos mostrarán sus consecuencias.
No hay nada más que hacer sino enfrentar nuestros remolinos, nuestras aguas mansas, tempestades y calmas, así tengamos que bebernos cada gota de la copa amarga para el posterior olvido, o hacer el brindis de alegría por nuestros afortunados momentos. ¡Así es la vida!
Es un juego donde apostamos y a veces llevamos la jugada perdida. Sueños que se rompen y las lágrimas lavan nuestra cara, desahogando el puñal que llevamos dentro.
Siempre apostamos a ganar, pero el inexorable tiempo nos da trastadas mostrándonos las huellas imborrables de nuestros pasos, que se desencadenan en momentos aciagos donde la luna negra recorre nuestro sino.