Nubarrones

Y aquella bandada de golondrinas revoloteaba sin cesar. Quizás presentían que entre las nubes algo se preparaba, habían perdido el brillo de horas anteriores y la luz blanquecina había convertido todo en un manto gris. Y las avecillas sin saber dónde quedarse, revoloteaban por ventanas y se detenían de vez en cuando en alguna rama seca, pero ninguna se apartaba del grupo, estaban inquietas y su felicidad se convirtió en vaga.

Sin embargo, empezó a sentirse un viento rápido y frío que hacía temblar las hojas de los árboles y como lluvias de otoño las hojas cansadas al suelo caían, mientras otro viento rastrero parecía escobillas barriéndolas.

Por fin la bandada de golondrinas cambió el rumbo de su vuelo y empezaron a cantar con otro tono, aquél que en silencio murmuraba que el viento se había llevado los nubarrones y que tímidamente el sol volvía nuevamente a mostrar su cara, corriendo apaciblemente tras las nubes que retomaron la luz blanquecina y como motas de algodón fueron a esconderse detrás de aquella montaña que desde mi ventana alcanzaba a observar. Nuevamente la limpieza del infinito hizo que las golondrinas volvieran a ser felices…

Ethel Saavedra Garcia

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