viernes, 7 de noviembre de 2008

Meditación


La quietud me invade y solo escucho los latidos del corazón. El aire besa mi cara mientras escucho susurros dulces, mis espectros y mis voces huyen. Mis pestañas se abrazan y en mis oídos se adentra la canción del universo.
El silencio se apodera de mí y me lleva de la mano a contemplar el oasis de la vida: observo el azul profundo con toda su majestuosidad, en los lados de la playa los verdes y aguamarinas de sus aguas, dejan ver mis pies acompañados de infinidad de pececillos de intensos colores que se arremolinan entre mis muslos.
Alcanzo a tomar pequeños fragmentos del cielo y una nube me sube hasta él, desde allí veo el espectáculo sublime: la tierra madre llena de verdes campos y trigales, árboles frutales y miles de pajarillos cantándole a los hombres sus cantos de amor. Observo la fraternidad de los hombres y el amor reinando por doquier. Se callaron los tambores de guerra y todos los seres de la tierra danzan la canción de la vida, el sol y la luna los contempla extasiados. Era otra tierra que me invitaba a bajarme suave de la nube donde me encontraba. Abrí los ojos y me dolió volver a mi realidad.
Marzo, 2008

1 comentario:

moste dijo...

y tan grato que resulta no sacar la cara a la realidad, vivir en ese fabuloso espacio interior, a prueba de balas, a prueba de insidia , a prueba de vejaciones y tan lleno de amor